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”Conócete a tí mismo”, uno de los aforismos más famosos de la Historia, estaba en el pórtico de entrada del templo del dios Apolo, en  Delfos.
Esta frase era repetida constantemente por Sócrates, aquel filósofo que se dedicaba a interrogar a los sofistas, personajes de su época que afirmaban poseer muchos conocimientos y que, luego de dialogar con aquel buscador de la verdad, eran obligados a reconocer su ignorancia.

«Conócete a tí mismo» es el reclamo y la respuesta para el que tiene los oídos y los ojos del alma despiertos. Más allá del espacio y del tiempo, esta sencilla frase tiene, tal validez inmortal que después de más de dos mil quinientos años no ha perdido un ápice de su vigencia.

Sí, hoy, al inicio del Tercer Milenio, con el vertiginoso avance de la cibernética y las comunicaciones, con las computadoras y los satélites. En la época de la globalización de la información, cada vez son más los jóvenes que buscan la verdad, cada vez son más los que preguntan a los adultos sin encontrar respuestas, no se trata de mayor o menor información que puede brindar un aparato de televisión o un ordenador. Es algo más profundo y trascendente, que no se absuelve con una actualización de datos. ¡No! Ningún instrumento de nuestra avanzada tecnología puede ayudarnos en tan esencial inquietud. No es cuestión de avance científico. Es cuestión de humanidad.

El reclamo de Sócrates sigue llamando a todo aquel que quiere ser dueño de su destino.